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NEGRO RELATIVO

Hikikomori

Una de las primeras cosas que te sorprenden al llegar a Japón es el silencio que parece arroparlo todo. Es algo difícil de creer, tratándose de un país entre los más industrializados, densamente poblados y tecnológicamente avanzados del mundo. Personas y objetos se mueven muy rápido, pero sin tocarse nunca ni provocar un solo ruido innecesario, como guiados y protegidos por un misterioso sistema de rebote anticolisión.

Keiko , de 25 años, sentada en un vagón de la línea de Yamanote. Todos los días, millones de japoneses pasan horas en los transportes públicos debido al largo recorrido entre su vivienda y su lugar de trabajo

Una de las primeras cosas que te sorprenden al llegar a Japón es el silencio que parece arroparlo todo. Es algo difícil de creer, tratándose de un país entre los más industrializados, densamente poblados y tecnológicamente avanzados del mundo. Personas y objetos se mueven muy rápido, pero sin tocarse nunca ni provocar un solo ruido innecesario, como guiados y protegidos por un misterioso sistema de rebote anticolisión.

Los trenes desfilan a una velocidad asombrosa deslizándose suavemente sobre los raíles. Los automóviles discurren incesantemente y ni se nota su ronroneo, atenuado, de motores y escapes. En Tokio, como en cualquier municipio del interior, nadie grita, todos hablan bajo, casi murmurando. Si es que hablan. Las únicas excepciones son los salones de pachinko y las tabernas repletas de asalariados borrachos la noche del último viernes de cada mes, día de pago. Pero el silencio de los japoneses no es sólo un silencio acústico, material. Es un silencio psicológico y emocional de lo más profundo.

Yasuko, de 19 años, suele refugiarse en un karaoke cuando la soledad se hace demasiado intensa. "Por pocos yenes, puedes alquilarte un box todo para ti. Cierras la puerta y cantas. Cantas, hasta que te olvidas de ti, de todo."

En el año 2000, la prensa internacional empezó a interesarse por un insólito fenómeno que supuestamente se produce sólo en Japón. La palabra hikikomori, cuya traducción literal es recogimiento, alejamiento, fue empleada por primera vez para indicar un síndrome agudo de aislamiento social.

El Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar japonés define oficialmente hikikomori como el hecho de negarse un individuo a salir físicamente de la casa de sus padres y, por consiguiente, su alejamiento de la sociedad a través de un encierro voluntario por un periodo superior a seis meses. Sólo existen estimaciones sobre el número de personas que se encuentran en esa situación, que oscila entre trescientas mil y un mi-llón. Se trata de jóvenes de entre 14 y 35 años, y la mayoría de las familias afectadas se esfuerza en ocultarlo.

Junko, 35 años. "La vida en sí es una eterna soledad. Incluso cuando por dentro te estás muriendo, tienes que mostrar una sonrisa. Ahora, aquí, delante de la cámara, soy yo misma."

Esta definición categórica y esas cifras no reflejan la complejidad del fenómeno, sus considerables variantes y su alcance real. En muchos casos, la duración de la clausura, que a menudo acaba transcurriendo entre las cuatro paredes de una habitación y sin ningún tipo de contacto directo ni siquiera con los parientes más cercanos, se dilata varios años. Sin embargo, la dificultad no se manifiesta repentinamente, de un día para otro, sino gradualmente. Un adolescente empieza a desatender la escuela, se entristece, habla cada día menos, pierde a sus amigos... Ciertos elementos en su entorno pueden tener un papel importante, sobre todo el ostracismo o la discriminación por parte de los compañeros: porque tiene sobrepeso o acné, o un defecto de pronunciación, o proviene de otra ciudad o, simplemente, encaja mal con las reglas del grupo. Lo que dispara el encierro es casi siempre un acontecimiento aparentemente banal, una gota que hace desbordar un vaso ya lleno.

Pero estas discriminaciones ocurren en todas las sociedades del mundo. Surge espontáneamente la curiosidad de saber qué es, en Japón, lo que realmente empuja a cientos de miles de jóvenes a convertirse en la sombra de sí mismos, a transformarse en apáticos fantasmas dependientes, en todo y para todo, de la familia que los ampara. De la madre que todas las noches, fiel y pacientemente, deposita una bandeja de comida delante de la puerta cerrada de una habitación que se recogerá cuando todas las luces se hayan apagado y el último ruido haya desaparecido en la casa, engullido por la oscuridad.

Keiko , de 25 años, sentada en un vagón de la línea de Yamanote. Todos los días, millones de japoneses pasan horas en los transportes públicos debido al largo recorrido entre su vivienda y su lugar de trabajo



Los trenes desfilan a una velocidad asombrosa deslizándose suavemente sobre los raíles. Los automóviles discurren incesantemente y ni se nota su ronroneo, atenuado, de motores y escapes. En Tokio, como en cualquier municipio del interior, nadie grita, todos hablan bajo, casi murmurando. Si es que hablan. Las únicas excepciones son los salones de pachinko y las tabernas repletas de asalariados borrachos la noche del último viernes de cada mes, día de pago. Pero el silencio de los japoneses no es sólo un silencio acústico, material. Es un silencio psicológico y emocional de lo más profundo.

Yasuko, de 19 años, suele refugiarse en un karaoke cuando la soledad se hace demasiado intensa. "Por pocos yenes, puedes alquilarte un box todo para ti. Cierras la puerta y cantas. Cantas, hasta que te olvidas de ti, de todo."

En el año 2000, la prensa internacional empezó a interesarse por un insólito fenómeno que supuestamente se produce sólo en Japón. La palabra hikikomori, cuya traducción literal es recogimiento, alejamiento, fue empleada por primera vez para indicar un síndrome agudo de aislamiento social.

El Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar japonés define oficialmente hikikomori como el hecho de negarse un individuo a salir físicamente de la casa de sus padres y, por consiguiente, su alejamiento de la sociedad a través de un encierro voluntario por un periodo superior a seis meses. Sólo existen estimaciones sobre el número de personas que se encuentran en esa situación, que oscila entre trescientas mil y un mi-llón. Se trata de jóvenes de entre 14 y 35 años, y la mayoría de las familias afectadas se esfuerza en ocultarlo.

Junko, 35 años. "La vida en sí es una eterna soledad. Incluso cuando por dentro te estás muriendo, tienes que mostrar una sonrisa. Ahora, aquí, delante de la cámara, soy yo misma."

Esta definición categórica y esas cifras no reflejan la complejidad del fenómeno, sus considerables variantes y su alcance real. En muchos casos, la duración de la clausura, que a menudo acaba transcurriendo entre las cuatro paredes de una habitación y sin ningún tipo de contacto directo ni siquiera con los parientes más cercanos, se dilata varios años. Sin embargo, la dificultad no se manifiesta repentinamente, de un día para otro, sino gradualmente. Un adolescente empieza a desatender la escuela, se entristece, habla cada día menos, pierde a sus amigos... Ciertos elementos en su entorno pueden tener un papel importante, sobre todo el ostracismo o la discriminación por parte de los compañeros: porque tiene sobrepeso o acné, o un defecto de pronunciación, o proviene de otra ciudad o, simplemente, encaja mal con las reglas del grupo. Lo que dispara el encierro es casi siempre un acontecimiento aparentemente banal, una gota que hace desbordar un vaso ya lleno.

Pero estas discriminaciones ocurren en todas las sociedades del mundo. Surge espontáneamente la curiosidad de saber qué es, en Japón, lo que realmente empuja a cientos de miles de jóvenes a convertirse en la sombra de sí mismos, a transformarse en apáticos fantasmas dependientes, en todo y para todo, de la familia que los ampara. De la madre que todas las noches, fiel y pacientemente, deposita una bandeja de comida delante de la puerta cerrada de una habitación que se recogerá cuando todas las luces se hayan apagado y el último ruido haya desaparecido en la casa, engullido por la oscuridad.

Vuelta a la escuela en Gaza

La imagen de los chavales ausentes como consecuencia de la masacre practicada por sus vecinos israelitas.

El Abuelo y la fuerza de querer...

Decir que en 1951, Gustaf Hakansson ganó la carrera de bicicletas más larga que ha habido en Suecia, sería simplificar la cosa demasiado. Porque fueron las circunstancias en las que ganó, las que lo convirtieron en el ídolo de todo un país, conociendolo con el sobrenombre del Superabuelo.

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“Vuelva a su casa y a su mecedora”, le dijeron los jueces a Gustaf, conductor de camiones de 66 años, cuando trato de alistarse para la carrera, “su edad excede en 26 años, la máxima permitida”.

La carrera exigiría grandes esfuerzos de parte de los competidores. La vía que debían recorrer se extendía casi a lo largo de toda Suecia, desde Haparanda, muy cerca del Círculo Artico, hasta el sur en Ystad, la ciudad más meridional del país. Una distancia total de 1760 kilómetros.

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El periódico Stock-Holms, promovió el evento, ofreciendo el gran premio de 5000 coronas. Previno a los ciclistas que no entraran en la prueba a no ser que estuviesen en perfecto estado físico. Entre más de 1000 atletas que se presentaron los jueces escogieron a 50 de ellos. Estos fueron transportados en tren a Haparanda, allí permanecerían varios días, hasta el inicio de la gran carrera.

Pero nadie ofreció pagarle el pasaje a Gustaf Hakansson, y así, el montó en su bicicleta e hizo en ella el viaje de 1600 kilómetros a Haparanda. Poco después que partieron los 50 atletas, Gustaf partió con su propia carrera privada. Su equipo consistía en una bolsa de lona para agua, un impermeable, y un contador de kilómetros. Como los jueces no le habían asignado número, se puso un enorme diez en el pecho. Los jueces podían excluirlo de la carrera, pero no podían prohibirle el uso de las vías públicas.

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Los periódicos no descubrieron a Gustaf hasta después de haber recorrido 160 kilómetros. Un reportero situado en el pueblo de Lutea, vió pasar velozmente, a un tipo estilo Papa Noel, con pantalones cortos. El reportero saco una fotografía y mandó la noticia a su periodico. “Un superabuelo iba delante en la carrera”.

Durante siete días la portentosa hazaña de este camionero de 66 años, fue portada de todos los diarios internacionales. A medida que avanzaba hacia el sur, recibía los ánimos de multitudes de gente que se agolpaban a lo largo del trayecto. Los fotógrafos de películas, los reporteros, los comentadores de radio, todos apuntaban todo movimiento y toda palabra del osado participante maduro.

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Al fin de cada día de marcha los 50 jóvenes atletas, tenían una noche de descanso, pero el superabuelo pedaleó tres días y tres noches sin pegar ojo. Cuando paró por primera vez para descansar, quedó satisfecho con un sueñecito de tres horas en un banco de una estación de policía. Luego volvió a su bicicleta y prosiguió su marcha. No aceptó comidas regulares, pero aceptaba café, bollos y fresas de sus admiradores que le ofrecían por los lugares que pasaba.

Durante su marcha hacia el sur en la carrera, el periódico Dagens Nyheter, le pidió que le escribiera una crónica diaria. El superabuelo aceptó. Tenía tiempo para hacerlo pues les llevaba muchísimas horas de ventaja a los otros competidores. Entre pueblo y pueblo, se sentaba en la yerba, sacaba su libreta del bolsillo y escribía sus apuntes.

Cuando llegó a Soderhamn, en la mitad de la carrera, consintió al fin, por consejo de la policía, que le hicieran un reconocimiento médico. Los facultativos, lo hallaron en perfecto estado de salud, con el pulso y el corazón enteramente normales y sin señal alguna de agotamiento. Podría haber avanzado con mayor rapidez si hubiera tenido automóviles que le despejaran la vía, como los tenían los otros competidores. A menudo tubo que atajar entre camiones y automóviles.

Seis días, 14 horas y 20 minutos después de su partida, y 24 horas antes que su inmediato seguidor, cruzó la meta de la carrera. En el camino había dormido tan sólo diez horas. En Ystad, miles de espectadores le hicieron un gran recibimiento. La banda del servicio de bomberos tocó marchas triunfales, y la multitud casí lo ahoga bajo una lluvia de flores.

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Naturalmente, el superabuelo no recibió el gran premio de 5000 coronas, pero los fabricantes de bicicletas, motocicletas y automóviles, le pagaron una pequeña fortuna por el derecho de usar su nombre y su fotografía en sus anuncios.

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En 1959 montó en su bicicleta Hakansson para visitar los lugares sagrados. Su último ciclo de viajes que hizo después de haber alcanzado la edad de 100 años. Murió casi a los 105 años. Su cuerpo se encuentra enterrado en el cementerio Kvistfla.

¿Fácil verdad?

He visto por ahi esta serie/test que dicen que lo puede resolver un niño de 5 años, pero no algunos doctores en matemáticas.

8809 = 6
7111 = 0
2172 = 0
6666 = 4
1111 = 0
3213 = 0
7662 = 2
9312 = 1
0000 = 4
2222 = 0
3333 = 0
5555 = 0
8193 = 3
8096 = 5
7777 = 0
9999 = 4
7756 = 1
6855 = 3
9881 = 5
5531 = 0

2581 = ?

 

haber esas matemáticas...

 

Imagenes,

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MONEDA

MONEDA

Esta es una de las creaciones artisticas de no se kienn, el caso es que la moneda intenta reflejar como el dinero es el simbolo de lo peor de nosotros.

La televisión vs el espectador:

La televisión vs el espectador:

LOS CONTENIDOS AUDIOVISUALES VIOLENTOS
MODIFICAN LA REALIDAD QUE VIVIMOS

Los medios audiovisuales emiten gran cantidad de violencia porque les resulta muy rentable. Resultado: al terminar la escuela primaria, un chico ha visto unos 8 mil asesinatos y alrededor de 100 mil actos violentos en la tele. Diversas teorías científicas investigan si las personas modifican su comportamiento por exponerse a tanta agresión gratuita y si pueden contraer psicopatologías. Sin alarmismo pero con firmeza, los especialistas recomiendan repensar los contenidos de la oferta televisiva.

Martín Garrido
licmartingarrido@yahoo.es

Materia prima del universo audiovisual, la violencia alimenta a un inmenso mercado a escala planetaria. Un mercado diverso, desde luego, pero incontestable. En él, los medios de comunicación actúan de tenderas que ofrecen durante las 24 horas productos para todos los gustos, donde la agresividad habita en diferentes formatos como denominador común. Estas señoras berrean a diario un volumen de información con una puesta en escena creada exclusivamente para modificar valores y hábitos de consumo. Su penetración en la conciencia colectiva es significativa, incluso muchos se atreven a decir que desde que sus voces empezaron a sonar la percepción de la realidad ha sido alterada. Y así, ejercen de oráculos que dictan muchas verdades del repertorio diario. Bajo este prisma, ¿qué responsabilidad les cabe en la inoculación de actitudes violentas a sus consumidores?

Una línea de análisis crítico considera que los medios se han transformado en una especie de guías espirituales de buena parte de la sociedad, y que esta toma de ellos posturas que luego practica en la cotidianeidad.

Nuestros programas tienen la intención de predisponer el cerebro del telespectador, es decir, divertirlo y distenderlo, para prepararlo entre dos mensajes. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo del cerebro humano disponible. Nada es más difícil que lograr esa disponibilidad,

resumía Patrick La Lay (1), presidente de la cadena francesa TF1. Ahí está, por ejemplo, el miedo a la delincuencia o a determinados colectivos como resultado de un fino trabajo de bombardeo  informativo-ideológico. Un trabajo que también se realiza para predisponer a la opinión pública en tiempos de guerra.

Miguel Clemente Díaz, profesor de sicología social de la Universidad de A Coruña, dice que, si bien la violencia ha estado presente siempre en la especie humana, el interés de diferentes grupos la ha transformado en un medio de lucro. Así explica cómo gran parte de las problemáticas sociales, que llevan la agresividad como componente, resultan alimentadas en provecho de fines ideológicos y comerciales. Y es que hasta los mecanismos creados para luchar contra las consecuencias de fenómenos como la delincuencia, por ejemplo, implican un gran mercado: ¿cuánta gente vive del negocio de la seguridad? Y qué decir de los réditos políticos que pueden obtenerse de infundir miedos. Al final, dice Clemente Díaz, los violentos y delincuentes, devienen en una necesidad, de la misma forma que los pobres, los enfermos, las guerras, el terrorismo, las mujeres maltratadas.

En este juego, los medios —y sobre todo los audiovisuales como la televisión— funcionan, cuando se emplean para ello, como brazos ejecutores para disparar la alarma, para infundir miedos y rivalidades.

 

TEORÍAS DE LA INFLUENCIA MEDIÁTICA
Aunque resulta peligroso, por simplista, achacar consecuencias individuales y sociales directas a los medios audiovisuales, para los analistas resulta imposible desconocer el papel preponderante que desempeñan como disparadores de la violencia. Investigaciones llevadas a cabo por varios profesionales y auspiciadas por el Nacional Television Violence Study (NTVS) han demostrado los efectos que la pantalla chica puede producir en sus consumidores. Por ejemplo: aprendizaje de actitudes y conductas agresivas, insensibilidad ante la violencia y temor a ser víctima de ella, son algunas de las consecuencias que estos estudios han detectado de un consumo masivo de rayos catódicos. A estos efectos suman que la emisión de acciones violentas contribuye a la aparición de comportamientos antisociales en los espectadores.

La teoría de la Asociación cognitiva, por ejemplo, estudia cómo las emociones, pensamientos, sentimientos y conductas instintivas están asociadas cognitivamente con el acto de ver. Por su parte, la teoría del Modelado simbólico describe cómo se produce la identificación del espectador con el modelo violento y la imitación de la conducta observada. La denominada del Refuerzo muestra cómo la pantalla consigue fortalecer conductas violentas previas del espectador. La del Cultivo, cómo logra que se perciba la realidad como insegura o preocupante. Las personas que ven grandes dosis de televisión tienden a sobreestimar la cantidad de violencia en la sociedad y a creer que el mundo es, en general, muy peligroso y que ellas pueden ser victimas en cualquier momento. Por último, la de Desensibilización, que corrobora un «embotamiento emocional» o indiferencia ante la violencia real de los telespectadores.

¿Esto significa que los medios audiovisuales se encuentran en el origen de muchas formas de violencia del ser humano? Cualquier respuesta afirmativa precisa de matizaciones.

Según explica José Sanmartín (2), la violencia resulta de la interacción de múltiples factores: desde la biología del individuo a la cultura en la que se desarrolla su existencia, pasando por las características de su familia y otras entidades sociales (grupos de compañeros, escuela, lugar de trabajo). Así pues, cabe leer aquellas teorías sobre la influencia de los medios atendiendo siempre al telón de fondo de esa variedad de influjos. Ello implica desterrar las interpretaciones que atribuyen una relación causa-efecto entre formatos audiovisuales y violencia. Con todo, es evidente que los efectos cobran cada vez más aprobación en el campo científico. Ahora bien, ¿el problema está en el medio o en el mensaje?

 

EL CONTENIDO ANTES QUE EL CONTINENTE
La preocupación surge al revisar los contenidos aprehendidos por TV. Las investigaciones auspiciadas por el NTVS estiman que, al terminar sus estudios en la escuela primaria, un niño ha visto aproximadamente 8 mil asesinatos y más de 100.000 actos violentos en la pantalla chica. Los dibujos animados, por ejemplo, están cargados de un alto nivel de agresión y, lo que es peor, muchas veces disfrazado con humor, sin causas justificadas ni represalias contra quienes los promueven. El problema es que los pequeños, dicen los estudiosos, no aplican autocrítica sobre lo que ven, con lo cual es muy probable que presten mayor atención y aprendan de aquellos modelos que perciban como atractivos.

Por el contrario, castigar la violencia sirve para inhibir o reducir su aprendizaje, lo mismo que ocurre con las escenificaciones explícitas de dolor y daño. En este sentido, los pequeños constituyen consumidores perfectos; un sector de la población potencialmente susceptible a los discursos televisivos violentos, y de todo tipo. Y aún más cuando ya presentan rasgos irascibles: los medios refuerzan en ellos sus creencias y actitudes. Una apuesta probable a futuro por la intolerancia, que adquiere solvencia a la luz de investigaciones desarrollados en EE.UU. por Rowell Huesmann que han revelado cómo un niño agresivo acaba siendo un adulto violento. Pero más que el medio, el problema es el mensaje.

Si como dijo el profesor Miguel Clemente Díaz, la sociedad necesita de jóvenes violentos —más precisamente el pujante negocio mediático y determinados intereses políticos y económicos—, resulta poco raro que el índice de violencia audiovisual vaya en aumento. Algunos grupos sociales, étnicos, nacionales, entre otros, deben existir, y si no, se los inventa. De hecho, una sociedad competitiva como la que propone el modelo neoliberal requiere de seres agresivos que se lancen a la competencia dispuestos a pasar por encima a quien sea. Críticos con lo que se ofrece, diversos actores sociales y políticos comienzan a exigir la introducción de un código ético que regule los contenidos audiovisuales. Otra batalla, claro, es la que deben librar los padres, administrando las horas y la programación que sus hijos consumen. Por difícil que parezca contrarrestar el peso mediático, nunca la vieja utopía resultó más idónea: «Seamos realistas, pidamos lo imposible».

HISTORIA DE UNA FOTO

HISTORIA DE UNA FOTO

(Una cámara me dispara, accionada por un hombre con uniforme, uno de tantos extranjeros que profanan nuestra tierra, mercadean con sangre.....)

Un conocido que ha estado formando parte en unos de los contingentes envidaos por España a la guerra de Afganistán me paso unas fotos que el y sus compañeros de oficio realizaron durante su estancia en Kabul, he querido poner esta por aquí por ser una foto acompañada de una pequeña historia.

Conocido por su apariencia, transitaba las calles de esta ciudad, normalmente sirviéndose de su pata de palo y no siempre acompañado de lo que parecían ser algunos de sus hijos, solía desviar la mirada o fijarla hacia el suelo ante cualquier militar, quizás era dolor, quizás odio, este padre de familia perdió además de de una parte física de si mismo, a multitud de familiares y conocidos.

En uno de esos días en los que los militares suministraban víveres, como siempre en recintos cercados, este hombre, entre tantos, hacia cola, las típicas colas largas y ajetreadas antes de llegar a pasar el control militar, control  para acceder al recinto donde se entregan los alimentos.

Apunto de llegar al control militar y entrar en el recinto, se sale de la cola, con un gestos de desprecio hacia el personal que controlaba la entrada, anda unos metros alejándose de la multitud, se levanta su saquito enseña los explosivos y se inmola, un suicidio en toda regla.

 

REFLEJO

Algunas estrellas que aun no han muerto, cuando despiertan lloran cada noche, mientras miles de deseos se lanzan al cielo, las lanzas de las batallas, sedientas de sangre rezan antes de nacer por no ser virtuales, como cada mañana en un espejo la ansiedad prende en una mirada, la verdad ya no se reconoce.

En el barrio, unos niños aceptan morir por que esas eran las normas del juego. Maldito barrio las pelotas corren tras los hombres, hoy a esa nueva secta, la han proclamado cultura, las noticias, mas de lo mismo ,a pesar de la nueva tecnología los aviones se siguen escapando del planeta