La televisión vs el espectador:
LOS CONTENIDOS AUDIOVISUALES VIOLENTOS
MODIFICAN LA REALIDAD QUE VIVIMOS
Los medios audiovisuales emiten gran cantidad de violencia porque les resulta muy rentable. Resultado: al terminar la escuela primaria, un chico ha visto unos 8 mil asesinatos y alrededor de 100 mil actos violentos en la tele. Diversas teorías científicas investigan si las personas modifican su comportamiento por exponerse a tanta agresión gratuita y si pueden contraer psicopatologías. Sin alarmismo pero con firmeza, los especialistas recomiendan repensar los contenidos de la oferta televisiva.
Martín Garrido
licmartingarrido@yahoo.es
Materia prima del universo audiovisual, la violencia alimenta a un inmenso mercado a escala planetaria. Un mercado diverso, desde luego, pero incontestable. En él, los medios de comunicación actúan de tenderas que ofrecen durante las 24 horas productos para todos los gustos, donde la agresividad habita en diferentes formatos como denominador común. Estas señoras berrean a diario un volumen de información con una puesta en escena creada exclusivamente para modificar valores y hábitos de consumo. Su penetración en la conciencia colectiva es significativa, incluso muchos se atreven a decir que desde que sus voces empezaron a sonar la percepción de la realidad ha sido alterada. Y así, ejercen de oráculos que dictan muchas verdades del repertorio diario. Bajo este prisma, ¿qué responsabilidad les cabe en la inoculación de actitudes violentas a sus consumidores?
Una línea de análisis crítico considera que los medios se han transformado en una especie de guías espirituales de buena parte de la sociedad, y que esta toma de ellos posturas que luego practica en la cotidianeidad.
Nuestros programas tienen la intención de predisponer el cerebro del telespectador, es decir, divertirlo y distenderlo, para prepararlo entre dos mensajes. Lo que vendemos a Coca-Cola es tiempo del cerebro humano disponible. Nada es más difícil que lograr esa disponibilidad,
resumía Patrick La Lay (1), presidente de la cadena francesa TF1. Ahí está, por ejemplo, el miedo a la delincuencia o a determinados colectivos como resultado de un fino trabajo de bombardeo informativo-ideológico. Un trabajo que también se realiza para predisponer a la opinión pública en tiempos de guerra.
Miguel Clemente Díaz, profesor de sicología social de la Universidad de A Coruña, dice que, si bien la violencia ha estado presente siempre en la especie humana, el interés de diferentes grupos la ha transformado en un medio de lucro. Así explica cómo gran parte de las problemáticas sociales, que llevan la agresividad como componente, resultan alimentadas en provecho de fines ideológicos y comerciales. Y es que hasta los mecanismos creados para luchar contra las consecuencias de fenómenos como la delincuencia, por ejemplo, implican un gran mercado: ¿cuánta gente vive del negocio de la seguridad? Y qué decir de los réditos políticos que pueden obtenerse de infundir miedos. Al final, dice Clemente Díaz, los violentos y delincuentes, devienen en una necesidad, de la misma forma que los pobres, los enfermos, las guerras, el terrorismo, las mujeres maltratadas.
En este juego, los medios —y sobre todo los audiovisuales como la televisión— funcionan, cuando se emplean para ello, como brazos ejecutores para disparar la alarma, para infundir miedos y rivalidades.
TEORÍAS DE LA INFLUENCIA MEDIÁTICA
Aunque resulta peligroso, por simplista, achacar consecuencias individuales y sociales directas a los medios audiovisuales, para los analistas resulta imposible desconocer el papel preponderante que desempeñan como disparadores de la violencia. Investigaciones llevadas a cabo por varios profesionales y auspiciadas por el Nacional Television Violence Study (NTVS) han demostrado los efectos que la pantalla chica puede producir en sus consumidores. Por ejemplo: aprendizaje de actitudes y conductas agresivas, insensibilidad ante la violencia y temor a ser víctima de ella, son algunas de las consecuencias que estos estudios han detectado de un consumo masivo de rayos catódicos. A estos efectos suman que la emisión de acciones violentas contribuye a la aparición de comportamientos antisociales en los espectadores.
La teoría de la Asociación cognitiva, por ejemplo, estudia cómo las emociones, pensamientos, sentimientos y conductas instintivas están asociadas cognitivamente con el acto de ver. Por su parte, la teoría del Modelado simbólico describe cómo se produce la identificación del espectador con el modelo violento y la imitación de la conducta observada. La denominada del Refuerzo muestra cómo la pantalla consigue fortalecer conductas violentas previas del espectador. La del Cultivo, cómo logra que se perciba la realidad como insegura o preocupante. Las personas que ven grandes dosis de televisión tienden a sobreestimar la cantidad de violencia en la sociedad y a creer que el mundo es, en general, muy peligroso y que ellas pueden ser victimas en cualquier momento. Por último, la de Desensibilización, que corrobora un «embotamiento emocional» o indiferencia ante la violencia real de los telespectadores.
¿Esto significa que los medios audiovisuales se encuentran en el origen de muchas formas de violencia del ser humano? Cualquier respuesta afirmativa precisa de matizaciones.
Según explica José Sanmartín (2), la violencia resulta de la interacción de múltiples factores: desde la biología del individuo a la cultura en la que se desarrolla su existencia, pasando por las características de su familia y otras entidades sociales (grupos de compañeros, escuela, lugar de trabajo). Así pues, cabe leer aquellas teorías sobre la influencia de los medios atendiendo siempre al telón de fondo de esa variedad de influjos. Ello implica desterrar las interpretaciones que atribuyen una relación causa-efecto entre formatos audiovisuales y violencia. Con todo, es evidente que los efectos cobran cada vez más aprobación en el campo científico. Ahora bien, ¿el problema está en el medio o en el mensaje?
EL CONTENIDO ANTES QUE EL CONTINENTE
La preocupación surge al revisar los contenidos aprehendidos por TV. Las investigaciones auspiciadas por el NTVS estiman que, al terminar sus estudios en la escuela primaria, un niño ha visto aproximadamente 8 mil asesinatos y más de 100.000 actos violentos en la pantalla chica. Los dibujos animados, por ejemplo, están cargados de un alto nivel de agresión y, lo que es peor, muchas veces disfrazado con humor, sin causas justificadas ni represalias contra quienes los promueven. El problema es que los pequeños, dicen los estudiosos, no aplican autocrítica sobre lo que ven, con lo cual es muy probable que presten mayor atención y aprendan de aquellos modelos que perciban como atractivos.
Por el contrario, castigar la violencia sirve para inhibir o reducir su aprendizaje, lo mismo que ocurre con las escenificaciones explícitas de dolor y daño. En este sentido, los pequeños constituyen consumidores perfectos; un sector de la población potencialmente susceptible a los discursos televisivos violentos, y de todo tipo. Y aún más cuando ya presentan rasgos irascibles: los medios refuerzan en ellos sus creencias y actitudes. Una apuesta probable a futuro por la intolerancia, que adquiere solvencia a la luz de investigaciones desarrollados en EE.UU. por Rowell Huesmann que han revelado cómo un niño agresivo acaba siendo un adulto violento. Pero más que el medio, el problema es el mensaje.
Si como dijo el profesor Miguel Clemente Díaz, la sociedad necesita de jóvenes violentos —más precisamente el pujante negocio mediático y determinados intereses políticos y económicos—, resulta poco raro que el índice de violencia audiovisual vaya en aumento. Algunos grupos sociales, étnicos, nacionales, entre otros, deben existir, y si no, se los inventa. De hecho, una sociedad competitiva como la que propone el modelo neoliberal requiere de seres agresivos que se lancen a la competencia dispuestos a pasar por encima a quien sea. Críticos con lo que se ofrece, diversos actores sociales y políticos comienzan a exigir la introducción de un código ético que regule los contenidos audiovisuales. Otra batalla, claro, es la que deben librar los padres, administrando las horas y la programación que sus hijos consumen. Por difícil que parezca contrarrestar el peso mediático, nunca la vieja utopía resultó más idónea: «Seamos realistas, pidamos lo imposible».
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